¿EN DÓNDE ESTÁ EL PARTIDO?
Por Rafael Arias Hernández.
Inseparables candidato y partido, se someten al escrutinio general y a la decisión ciudadana. Uno y otro se influyen, determinan y condicionan, imposible separar líder y grupo, caudillo y tribu. Incluso, en algunos, jefe y banda, dueño y franquicia, padrino y mafia. Así es la Democracia, o cuando menos así es la nuestra. Ni modo hay que mejorarla.
Para bien o para mal, uno depende, confía o descansa en el otro. Prestigio y desprestigio, de ambos, los acompañan en la contienda electoral. Saber de partido y candidato, es parte de la responsabilidad democrática de todo ciudadano; particularmente cuando se tiene que decidir o elegir entre unos, otros y otros más. La memoria y la historia ayudan a identificar y distinguir, para no ser víctima de la enajenación propagandística.
Por ahora, enfocaremos brevemente la atención en los partidos, a reserva de regresar al tema de la persona, del ciudadano convertido en candidato con razón, derecho y mérito, o sin ellos. Porque, por lo que se ve, hay buenos, malos y peores aspirantes, que bien pueden ser la salvación o perdición de los partidos que los proponen o imponen.
PARTIDOS Y REPARTIDOS
En la ley los partidos políticos son instituciones públicas, que tienen responsabilidades y atribuciones, además de cuantiosos recursos públicos; que están obligadas a promover y fortalecer la democracia, con sus libertades, derechos y obligaciones, para funcionar bien y oportunamente, como intermediarios, entre el ciudadano y la representación colectiva, entre la persona y el poder. En pocas palabras, deben servir a la sociedad.
Sin embargo, entre los mexicanos, por diversas razones crece la idea, la preocupación de que los partidos políticos, que se supone son instituciones públicas de y para la democracia, se encuentran convertidos, cada vez más, parcial o totalmente, en verdaderos carteles delincuenciales; secuestrados para evadir, condicionar o limitar sus principales funciones y así facilitar el acceso y control del poder y la representación públicas, a unos cuantos intereses o personas. Los hay, transformados en concesiones individuales, familiares o de grupo; incluso, algunos de ellos funcionando como verdaderas franquicias electorales, con características de exclusividad y privilegios.
Lo cierto es que, con sus muchas, pocas o nulas virtudes, los partidos políticos llegan a uno de los momentos definitorios de la democracia; y también de mayor responsabilidad en el fortalecimiento del Estado de Derecho y la gobernabilidad, de la legalidad y la legitimidad, de la credibilidad y confianza social. Exigirles que cumplan, oportuna y plenamente, con sus responsabilidades, hacia dentro y hacia la sociedad, es un derecho y a la vez una obligación ciudadana.
Como lo es también, combatir todas las formas de delincuencia electoral que abundan antes, durante y después de las elecciones. Tema del que hay que ocuparse y no minimizar, soslayar o ignorar, ya que si de erradicar la delincuencia se trata, no debe haber excepción.
Lo que hay que tener presente, es que en muchas formas, el buen funcionamiento de la democracia representativa garantiza la convivencia civilizada y pacífica, reduciendo la inestabilidad y los conflictos. Aunque bien se sabe que sólo la participación permanente, activa y efectiva, evitara el deterioro, debilitamiento o involución de las instituciones y las leyes que, como siempre, sólo favorecen injusticia, pobreza, delincuencia y desigualdad opresiva.
Demasiadas experiencias históricas lo enseñan. En cuestiones de política y buen gobierno, dejar hacer y dejar pasar, tiene sus costos y repercusiones.
¿ELEGIR QUÉ?
Indebidamente, con frecuencia, la democracia en la práctica es reducida, por los mismos partidos políticos, únicamente al ámbito electoral externo, el de la sociedad.
En la intención evasiva, disminuyen y simplifican sus obligaciones, con el uso y abuso de la sencilla razón, de que ofrecen a los ciudadanos, la oportunidad de ejercer derechos y libertades; particularmente la de elegir.
Desde luego, malo o simulado, poco o nada impulsan y practican la democracia interna, sustituyen derechos de la militancia, por dogmas de unidad y disciplina para convertir los procesos internos, en efectivas formas de imposición de candidatos y hasta de tráfico de las postulaciones al mejor postor. Así, se ha llegado al descaro de imponer y postular, no sólo a mediocres e ineptos, a negligentes e ineficientes, a corruptos, cómplices y delincuentes; sino también, vaya descaro, a familiares, incondicionales y servidumbre.
De ahí que no es extraño, que el incumplir y no asumir sus obligaciones, al no exigírseles, se ocasiona que los partidos eviten o minimicen sus responsabilidades, como la de impulsar y fortalecer una responsable y permanente participación ciudadana en lo externo, y de la militancia en lo interno; y la de hacer efectiva la transparencia y la autentica rendición de cuentas, que también están obligados a practicar y que, en general, no lo hacen.
Y ahí van candidatos y partidos, con defectos y errores, reales o inventados; con virtudes y aciertos, por lo regular mas exagerados. Con recuerdos y olvidos, buscan la credibilidad y confianza de los electores y la sociedad, para alcanzar la representación pública y el poder de gobernar.
En esta lucha singular recurren a todo, desde la cínica repetición hasta la improvisada descalificación. Promesas, mentiras, disimulos, engaños, exageraciones. Todo se usa y de todo se abusa, en el enfrentamiento de partidos y candidatos.
Así, en este reduccionismo político electoral irresponsable, ¿qué sucede cuando las opciones se restringen para limitar o negar situaciones, y así condicionar o manipular el derecho y la libertad, al grado tal de imponer una elección de simulación?
Lo peor que puede ocurrir, es que ante la reducción e imposición de alternativas, el ciudadano común pase de la opción ideal de elegir entre el bueno y el mejor, a la obligada situación de escoger entre el malo y el menos peor. De entre el negligente y el ineficiente, o el cómplice y el delincuente.
Por lo pronto el proceso continua, la renovación electoral debe hacerse con lo que hay. Una cosa es cierta, el mejoramiento del sistema democrático y los gobiernos que produzca son nuestra responsabilidad, de nadie más.
VERACRUZ HOY
Según el índice de rezago social del CONEVAL, el estado de Veracruz, pasó de alto (5) en 2005, a muy alto (4) en 2010. Sólo superado por Guerrero (1), Oaxaca (2) y Chiapas (3).
Además, de los diez municipios del país con mayor rezago social, Veracruz cuenta con dos: Mixtla de Altamirano y Tehuipango.
Dejo para otra ocasión, el Índice de Tendencia Laboral de Pobreza del Estado (ITLP-2010).